Mostrando entradas con la etiqueta Éter y Sangre: La muerte de los Dioses. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Éter y Sangre: La muerte de los Dioses. Mostrar todas las entradas

sábado, 19 de abril de 2014

El Anankelabio.

La batalla había sido dura, el grupo estaba agotado y tanto Darea, Madih y Skyh estaban heridos.

-Venga guapete quítate esa ropa rara.-le dijo Mair con un trozo de tela que Kei le había dado para curar al joven.

-Jamás pensé que un pirata me dijera esas cosas.-bromeó Skyh.

El joven se quitó el chaleco y observó con mala cara el desgarrón que le había hecho la criatura que le había atacado.

-No te preocupes, soy costurera.-le dijo Niliem guiñándole un ojo al chico y arrebatándole el  chaleco de las manos.-Dame la camisa, después de lavarla un poco la coseré también.-

Skyh miró su camisa, ésta también estaba rota lo que le hizo resoplar molesto, le encantaba esa ropa y le fastidiaba que se estropeara. Se la quitó y se la tendió a Niliem que esperaba impaciente. -Gracias majestad.-le respondió el chico con una ligera reverencia.

-¡Vete a la mierda Sky!-le respondió entre risas Nil para segundos después marcharse con la ropa.

Mair se echó a reír ante la atónita mirada de Skyh. -¿He dicho algo gracioso?.-preguntó el chico extrañado.

-Te ha repetido mil veces que no la llames así.-le dijo Mair aún riendo.

-Pero ella es mi reina.-

-Nadie lo diría.-dijo Dalif que pasaba justo por al lado de los dos jóvenes.

-El vidente te tiene manía.-le dijo Mair agachándose para ver la herida del joven.

-No le he hecho nada.-dijo Skyh en tono triste. No sabía la razón por la cual Dalif no podía soportarlo, él deseaba a toda costa llevarse bien con él , tenían más cosas en común de lo que el asesino vidente pensaba pero al joven le daba pánico hablarlas con él.

-Creo que sé la razón-dijo Mair señalando con la mirada a Nayra que se acercaba hacia ellos.

-¿Nayra?-dijo extrañado Skyh.

Era cierto que él y Nayra, la hija de Dalif, se llevaban muy bien a pesar de que se conocían desde hacía poco pero en absoluto había ningún interés amoroso en esa relación. Skyh estaba seguro de ello, amaba a Nayra pero no como se ama a una pareja o al amor de tu vida. Mair sonrió, limpió un poco la herida del joven y antes de que pudiera contestarle Nayra le habló.

-Mair, yo le curo si no te importa.-le dijo la chica.

El pirata le tendió el trozo de tela con el que curaba a su compañero y le sonrió.-Aquí tienes señorita Dúimar.-

-Gracias señor Engel-le dijo Narya con una preciosa sonrisa.

Skyh la miraba embobado, su sonrisa era preciosa, su voz, todo en ella era precioso.

-Bueno ofidio, voy a ver a Amina, están en buenas manos.-dijo el pirata dándole una palmadita en el hombro.

Skyh resopló, odiaba que le llamara así, él no era un ofidio aunque su lengua indicara lo contrario. Deseaba decirles la verdad, pero sabía que no podía así que continuó replicándole esperando que en algún momento el pirata se cansara y dejara de llamarlo así.

-Soy un aligator, hay mucha diferencia entre un caimán y una cobra.-

-¿El veneno?-dijo Mair entre risas mientras se alejaba de la pareja.

-No te lo tomes a mal.-le dijo Nayra, agachándose para terminar de limpiar la herida del chico.-Es más pequeña de lo que me pensaba, me alegro.-comentó la joven. Tras limpiarla sacó un ungüento y se lo puso en la herida.-Escuece un poco.-

Skyh dio un respingo al sentir aquella pasta vegetal en su dolorido costado pero poco a poco sintió como le aliviaba.

-¿Me vas a hablar hoy del anankelabio?-le preguntó Nayra observando el objeto en el pecho del chico. Skyh suspiró.-¿Qué es?¿De dónde lo sacaste? ¿Por qué no puedes quitártelo?-La chica acribillaba al joven a preguntas lo que hizo que resoplara aún con más fuerza.

-No debería hablar de él Nayra.-dijo casi en un susurro.

-¿Por qué? ¿Es tu don? ¿Por él te encuentras aquí?-

Skyh negó moviendo la cabeza hacia los lados enérgicamente.

-¿Entonces? Por favor Skyh dime que es.-le suplicó la chica apoyando las rodillas en el suelo y las manos en las piernas del chico.

-Me lo dio mi madre, mi abuelo lo había hecho para mí.-

-¿Es único?-dijo sorprendida Nayra.

-Sí.-asintió el chico.-Muchos miembros de mi familia participaron en su creación poniendo algo de ellos que lo hace especial.-

-¿Y qué utilidad tiene?-

-¿Cuál crees tú qué puede tener?-le preguntó el chico sonriente.

-No lo sé.-dijo seria Nayra.-Cuando me dijiste el nombre pensé que era algo parecido a un astrolabio, pero es totalmente distinto a cualquier astrolabio que haya visto.- Nayra miró el anankelabio, estaba totalmente oscuro, pero se podían distinguir unos diminutos puntos blancos en él.- Además está distinto a como lo vi el otro día.-la chica pasó los dedos por encima del cristal abovedado que componía el aparato y comprobó como donde sus dedos tocaban se tornaban de un rojo intenso.-¿Qué ha pasado?-dijo sorprendida apartando los dedos.-¿Cambia?-

Skyh sonrió y asintió.-El anankelabio es lo que tu necesites que sea, en una lengua antigua de los humanos ananké significa necesidad o destino, por lo que su nombre quiere decir que es un buscador de necesidades.-explicó el joven.

Nayra se quedó atónita, aquello era más espectacular de lo que ella había podido imaginarse. ¿Podía ser todo lo que él necesitara? Sonrió con picardía pensando en las miles de utilidades que le daría en la escuela de magia y después se dirigió hacia el muchacho.-¿Puede ser una brújula?-

Skyh no dijo nada pero rápidamente el anankelabio cambió su fondo negro por el de una brujula con su flecha dando vueltas como loca en busca del norte.  -¡Caray!-exclamó Nayra.-Es un cacharro muy útil.-

El joven asintió.-Lo es, aunque como puedes comprobar aquí en el Limbo no lo es tanto.-dijo señalando la flecha que aún buscaba como loca el norte en aquel maldito lugar.

Nayra sonrió ante aquel comentario del chico y de repente el astrolabio se torno de color ojo intenso, tal y como había hecho cuando Nayra lo había tocado. Skyh se puso nervioso. ¿Por qué la joven pensaba esas cosas de él? Con rapidez y casi antes de que la chica pudiera reaccionar cambió el fondo del artilugio por el que tenía justo cuando la joven había llegado.

-¿Cómo lo cambias?-preguntó intrigada la chica.

El saurioántropo dio gracias porque la joven no continuara preguntando sobre aquel fondo rojo y le contestó de buena gana. -Simplemente pienso y se cambia, estamos conectados.-

-¿Es por eso que no puedes quitártelo?-

El joven se quedó pensativo unos instantes y después continuó.-Verdaderamente si puedo quitármelo pero no me gusta lo que ocurre cuando lo hago.-

Nayra arqueó una ceja desconcertada.-¿Qué ocurre?-

-Oigo voces.-

-¿Voces?-

-Bueno, una voz, de una chica.-

-¿Y qué te dice?-

-Prefiero no hablar de ello.-dijo el joven agachando la cabeza y por desgracia escuchando las desgarradora voz de la joven que le llamaba cuando se quitaba el anankelabio.

-Está bien.-dijo decepcionada Nayra. Quería conocer más, saber que le decía aquella voz que le hacía no querer quitarse aquel artilugio nunca, pero entendía que el muchacho no quisiera hablar de ello, podía ser algo familiar o incluso de mal gusto y era mejor no obligarle a airear aquellas cosas. -Has dicho que muchos familiares tuyos pusieron algo en él. ¿Tú madre puso algo?-

Skyh asintió. Nayra pudo ver como los ojos del muchacho comenzaban a brillar, siempre le ocurría cuando hablaba de su madre, claramente era un síntoma de estar aguantándose las lágrimas, algo que tanto ella como él ya sabían. -Ella puso parte de su alma, gracias a ello yo sabía cuando estaba mal o cuando no, incluso podía leerle la mente.-

-Teníais así una conexión mayor el uno con el otro.-dijo la chica apoyando la cabeza en las rodillas del joven. Skyh asintió y el silencio se apoderó de la conversación, haciéndola rehén por unos instantes para después dejarla fluir libre de nuevo.

-Mi madre me lo entregó poco antes de morir, me dijo que me lo quería dar por mi cumpleaños pero las circunstancias habían hecho que no fuese posible.- el chico agachó la cabeza y observó los preciosos ojos azules de Nayra que le miraban expectantes. Sentía el amor que ella le tenía, sentía que le amaba de una forma que él jamás hubiera deseado. Tragó saliva y continuó hablando.- Ella no me explicó los miles de usos que tiene, simplemente me dijo que debía llevarlo siempre pegado al corazón así, la Dasta de mi destino escucharía lo que éste le dice y podría escribir el destino que mi corazón le dictara.-

-Eso es precioso.-dijo Nayra con tono dulce.-Tu madre era una mujer fascinante.-

-No lo sabes tú bien.-le dijo el chico acariciándole el cabello a la joven.

-¡Tortolitos! -gritó Mair a lo lejos.- Kei ha dicho que nos ponemos en marcha de nuevo.-

Skyh maldijo al que había inventado aquella estúpida palabra y apartó a Nayra bruscamente. ¡No! ¡Él no la quería así! Y sobretodo no quería que ella lo pensara. Deseaba poder contarle toda la verdad, poder gritarles a todos quien era y que hacía allí, aunque esto último no lo tenía muy claro, pero no podía y eso le frustraba. Nayra le miró de mala gana. ¿Por qué la apartaba como si fuera una de las criaturas repugnantes que hacía poco les habían atacado? No comprendía el juego que Skyh se traía con ella, parecía en muchas ocasiones que estaba enamorado de ella, pero en otras la repudiaba como si fuera escoria. La chica no podía evitarse sentirse mal ante aquellos rechazos, ella quería a su novio, pero Skyh la volvía loca y hacía que se olvidara de Cosme rápidamente. ¿Qué tenía ese chico?

Skyh se levantó y comenzó a andar al encuentro de Niliem que le traía su ropa, limpia, seca y remendada. Nayra permaneció unos instantes de rodillas hasta que Evril la cogió del brazo para ayudarla a levantarse.-Venga Nay, tenemos que irnos y alegra esa cara, si papá te ve así por él se enfadará.- La joven se levantó con ayuda de su hermano y comenzaron a andar hacia el grupo que los esperaba. Delante de ella Skyh se vestía sintiéndose un auténtico gilipollas por haberle hecho aquel desprecio a la persona que más amaba en su vida.

Licencia de Creative Commons
Éter y Sangre: La muerte de los Dioses by Lidia Rodríguez Garrocho is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported License.

miércoles, 9 de enero de 2013

Éter y Sangre I: La muerte de los Dioses. Parte 2.

Y aquí os dejo el fragmento que sigue a la primera parte de esta nueva historia. Nos metemos en el punto de vista de Breden el templario, conocido en el Círculo de los Esclavos como el  Necronista, el que ve el mal. Además nos habla un poco de lo que ocurre en esa historia y de su familia. ¡Espero que os guste y gracias por leerlo!

Éter y Sangre I: La muerte de los Dioses . Parte 2.


Breden clavó su mandoble en el pecho de la última quimera, pero casi no tuvo tiempo de suspirar cuando ya otro grupo le estaba atacando. Giró sobre si mismo partiendo por la mitad a los tres monstruos que intentaban atacarle y después continuó con el siguiente grupo. Eran miles y vencerles llevaría mucho tiempo siempre que pudieran salir con vida.  

Había dejado la batalla en Kartia para aparecer en un desierto con gente a la que no conocía o a la que hacía muchos años que no veía y empezar una nueva batalla contra aquellas criaturas creadas por los Nuevos Dioses como se hacían llamar los nigromantes que habían causado  aquella gran guerra. 

Los Nuevos Dioses tenían un arma letal que llamaban “La creadora” no se sabía que era pero si se conocían los estragos que causaba, había creado a los Jinetes del Apocalipsis, cuatro bestias enormes que montaban caballos zombies sedientos de sangre de cualquier ser vivo y a los que ni siquiera los temidos Laphar podían enfrentarse. Estos jinetes representaban a la guerra, la hambruna, la enfermedad y la esclavitud tras la muerte, las cuatro cosas que los Novoes como se les conocían a los miembros de aquella terrible organización, deseaban con fervor para todos los ciudadanos de Kartia. Los temidos seres habían comenzado una lucha contra los Jinetes de la Muerte y los del Paraíso para robarles las almas de todos los que morían. Habían matado a cinco de los de la Muerte, ahora solo la Ira y la Soberbia luchaban por las almas para el Dios Nuru, y solo quedaba uno de los Jinetes del Paraíso, la Templanza, que implacable intentaba llevarse el mayor número de almas a su terreno.

Pero lo peor de todo lo que “La Creadora” hacía era convertir a todas esas almas que sus jinetes le traían en criaturas terribles, desde zombies que únicamente quieren matar a cualquier ser vivo, a quimeras, personas deformadas y monstruosas a los que se les atribuía el nombre de “creadores de almas” o incluso los llamados Novivos, almas muertas que desposeídos de sus recuerdos en muchos casos o con éstos modificados, que poseían los mismos poderes y habilidades que en vida tuvieran, se dedicaban a comandar a las tropas de zombies y quimeras. Los animales tampoco se salvaban, pues entre las huestes de los Novoes se encontraban los Drambies, unos dragones cadavéricos, auténticos depredadores que no tenían nada que envidiar a los Megadracos y a los Dragones Dorados; los caballos zombies de los jinetes y de algunos Novivos, los sauriombies, dinosaurios, crueles y despiadados, y un sinfín de criaturas más que habían convertido en sus esclavos con el único objetivo de reclutar  más almas. 


Breden no entendía nada. Había pensado que estaba muerto que todo aquello era una simple pesadilla antes de que su alma perteneciera a los Novoes, pero, ¿incluso en sus pesadillas le atacaban aquellas criaturas? ¿Y porqué Laen, Êrhar , Darea, Hanuk y todos los demás le acompañaban? Él siempre había pensado que el día de su muerte volvería a ver a su familia a su amada Vera, a la pequeña Volka, a Brön, y a la recién nacida que no llegó a conocer, Asdis. Ese era su mayor deseo volver con los suyos, pero ahí estaba, como antes de despertar en aquel lugar, luchando contra inmundas almas corruptas. 

Atravesó a dos esmirriados con su mandoble como si fueran una deliciosa brocheta de carne de venado, después con su pierna se impulsó para sacar de los cuerpos su arma y antes de que pudieran caer inmóviles en el suelo con un rápido y certero movimiento cercenó ambas cabezas. Aquellos viles engendros después de un tiempo volvían a ponerse en pie y la única forma de que esto no ocurriera era destrozando sus cuerpos, mutilándolos, decapitándolos, quemándolos o haciéndolos pedazos, así “La Creadora” tendría que crear un nuevo cuerpo para ese alma y esto a ellos les daba un poco de ventaja. 

Miró de reojo a Laen aprovechando los instantes de libertad que le brindaba el siguiente grupo de zombies. Ésta se encontraba luchando contra cuatro monstruos, al primero de ellos le esquivó un zarpazo de una forma casi artística para después clavarle el estoque en la garganta. Laen no solía usar su estoque pero cuando lo hacía deleitaba con un precioso espectáculo a todo aquel que pudiera contemplarlo. La chica era ágil, rápida y sensual con aquella arma, algo que cambiaba radicalmente cuando utilizaba la espada, pues se convertía en alguien fuerte y brutal. Por desgracia Breden no podía disfrutar del precioso espectáculo de Laen y tenía que centrarse en sus enemigos.
Al nuevo grupo que se le acercaba de bastante mayor número que los anteriores, pues pudo contar a ojo unos quince, se les había unido una quimera un hombre de más de dos metros que blandía un hacha enorme. Breden apretó con fuerza el mandoble dispuesto a cargar contra el grupo antes que la quimera, pero como un destello de luz vio pasar a Êrhar.

-¡Me encargo de los pequeños tu ves a por el grande!-

Breden sonrió, echaba de menos a aquel joven muchacho que años ha había conocido, ahora hecho todo un hombre le había demostrado que la edad y la soledad a la que se había sometido no le habían cambiado tanto como pensaba. Contento de haber recuperado a su viejo amigo o al menos de haber atisbado un segundo resquicio de lo que él había sido, pues el primero lo había demostrado tomando la iniciativa en aquella batalla y demostrando que un Ejecutor siempre es y será un ejecutor, Breden se dirigió hacia la quimera dispuesto a acabar con ella como había hecho con los anteriores.



Licencia de Creative Commons
Éter y Sangre: La muerte de los Dioses by Lidia Rodríguez Garrocho is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported License.

martes, 25 de diciembre de 2012

¡Jinetes en guerra!



Y aquí os traigo otro fragmento más de Éter y Sangre: La muerte de los Dioses, no es el libro en el que debería trabajar ahora mismo pero es que llego a un punto que a veces necesito parones y empezar otra cosa nueva para poder continuar después con lo ya empezado, necesito inspiración nueva y ahora esta historia me está ayudando a eso. Espero que lo disfrutéis e intentaré subir otro trocito más. ¡Gracias a todos por leer!

Éter y Sangre: La muerte de los Dioses. ¡Jinetes en guerra!

Sintió con fuerza la llamada de las almas, alguien más había muerto en aquella cruel guerra. La Ira se montó en su Laphar e hizo gesto a su compañero para que le siguiera.
La Soberbia con su altanería característica hizo lo mismo que su superior y ambos emprendieron el vuelo en busca de las almas.
Ahí se encontraba La Hambruna mirando fijamente a las dos jóvenes.

-¿Esto es todo lo que podéis hacer?-

La Templanza sintió como sus tripas rugían llamando su atención para que les ofreciera a cambio un poco de comida. Hacía tan solo un año que no sentía aquella sensación, justo el año que llevaba recolectando almas, pero ese tiempo era suficiente para que aquella sensación le causara un malestar insoportable.

La Castidad, herida de muerte en el vientre alzó su cetro e intentó conjurar un hechizo curativo que la pudiera salvar del terrible destino que le esperaba. La risa estridente del jinete del Apocalipsis, resonó en el solitario valle. 


-¡Me dais pena!- gritó acercándose a la joven herida. 

-¡Déjala!- gritó la Templanza levantándose lentamente e intentado dejar de lado la sensación molesta de estar muriéndose de hambre. 

La chica cogió su bastón y haciendo un último esfuerzo conjuró una bola de fuego que le lanzó a su enemiga. La Hambruna esquivó casi sin problemas el ataque, algo que hizo que tanto La Templanza como La Castidad se lamentaran. 

De repente se escucharon unos gritos ahogados. Conocían aquel sonido, eran los Laphares de la Muerte. La Hambruna miró al cielo y sonrió pícaramente.

-¡Tenemos visita! Ahora se está poniendo interesante.- 

La Templanza se acercó a su compañera aprovechando que su enemiga estaba mirando hacia el cielo esperando la llegada de los siervos de la muerte. 

–Tranquila, te curaré.-La chica sacó de una bolsita de su cinturón unas yerbas y comenzó a masticarlas.

 -¿Hierba Friktaka?-le preguntó su compañera malherida. 

–Sé que no es la mejor para estos casos pero es lo único que tengo.-

La hierba Friktaka era una hierba del sur que se consideraba alucinógena pero también era un buen coagulante, hacía que las heridas se cerraran con bastante rapidez y cortaba casi al instante las hemorragias. La joven, que antaño fue elfa, tras masticar deprisa la hierba se la puso a su compañera en la herida cortando al instante la hemorragia. La Castidad alzó la vista y vio llegar a los siervos de Nuru mientras La Hambruna se alejaba de ellas acercándose a los recién llegados. 

-¡La Ira y La Soberbia!- exclamó la herida joven avisando a su compañera. La Templanza haciendo acopio de su don no miró hacia atrás al escuchar a su amiga, continuó llenando la herida de aquella pasta que se había formado con la hierba e intentando curarla de la forma más rápida posible. En aquellos momentos le alegraba que al menos dos de los que antes eran sus mayores enemigos siguiesen luchando por las almas. Hacia dos días que no aparecían y tanto ella como su compañera habían estado vagando y luchando solas contra los terribles nuevos buscadores de almas.

-¡La Hambruna!-gritó La Ira. Se bajó del Laphar que rápidamente salió volando seguramente a buscar las otras monturas de los jinetes. Las dos siervas del paraíso no tenían por qué preocuparse, sus monturas habían muerto hacía unos días y ellas se dedicaban a vagar casi sin rumbo intentando acudir a las llamadas de las almas. 

La sirviente de los Novoes volvió a reír con estridencia algo que a ambas chicas  les hizo estremecerse. La Soberbia se bajó también de su montura y se acercó con su forma tan característica de moverse, con la cabeza alta como si él fuese el rey del mundo entero. En décimas de segundos los tres empezaron a pelear.

La Hambruna movía sus dos dedos índice y corazón lanzando hechizos a su contrincantes. La Ira esquivando ágilmente los hechizos de la nigromante alzó su guadaña e intentó alcanzarla con un barrido. La Soberbia concentrada intentaba lanzar uno de sus mayores hechizos, pero los constantes conjuros de su enemiga hacían que la concentración fuese imposible así que agarró con fuerza su báculo y desenfundó la cuchilla de diamante y la chuchilla de oro que había dentro de él, para después intentar ayudar a su compañero atacando a su enemiga.

Licencia de Creative Commons
Éter y Sangre: La muerte de los Dioses by Lidia Rodríguez Garrocho is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported License.

jueves, 13 de diciembre de 2012

Éter y Sangre I : La muerte de los Dioses

Os traigo el primer fragmento de una de las últimas obras, como podéis haber visto en la lista anterior. Espero que os guste y que os gusten los personajes que salen en él porque probablemente pronto pondré un poco de información sobre ellos. ¡Gracias por la visita y no olvidéis comentar, vuestra opinión es lo más importante!



Y el grupo de héroes se encontraba allí rodeado de aquellos monstruos. Êrhar miró a sus compañeros y después fijo la mirada en aquellas criaturas infernales. No había ninguna otra salida, solo podían luchar. Cogió su nekwar  con fuerza y echó a correr dispuesto a acabar con todos ellos, no tenía nada que perder pero no pensaba quedarse de brazos cruzados, sabía que Katen no querría eso. Sintió como la adrenalina y la melancolía le subía desde los pies a la cabeza y que su corazón empezaba a latir rápidamente. Hacía tiempo que no sentía aquella sensación. Llevaba muchos años sin luchar pero llevaba mucho más tiempo sin sentir compañía. Escuchó las voces de Breden y  Laen instando a los demás a seguir los pasos del Mawka y no pudo evitar sonreír, todo volvía a ser como en aquella época, en que él era Ejecutor del Círculo de los Esclavos , todos le seguían, volvía a luchar , volvía a sentirse vivo, y fue en ese instante cuando se dio cuenta de que había traicionado a Katen, había descuidado a sus hijos, se había apartado del Círculo, había olvidado que y quien habían hecho que él fuera como era. Sintió como la ira se apoderaba de él y la descargó en el primero de los zombies que se le acercó. De un único golpe con su  nekwar le arrancó la cabeza que rodó hacia un lado haciendo que Breden que se encontraba junto a él  tuviera que esquivarla de un salto para poder matar a tres monstruos después. Sintió más y más ira, todo lo que había hecho en su vida había sido para hacer feliz a Katen y cuando sus hijos nacieron para hacerlos felices a ellos también. Recordó a su pequeña Wenhtara, siempre había sido su niña favorita, una auténtica niña de papá, la amaba por encima de todas las cosas desde el día que nació y llevaba años sin verla.
 Un segundo grupo de muertos se acercó a él y a Breden, éste miró a Êrhar y le indicó que fuera hacía el siguiente grupo, ése era para él.  El mawka asintió y se dirigió hacia la próxima compañía de cadáveres andantes sin dejar de pensar que todos esos años había sido tan egoísta como la primera vez que abandonó a Katen. Solo quería volver a ver a sus hijos y especialmente volver a ver a su pequeña Wenhi, pero mientras clavaba su nekwar en el pecho del último de los zombies sintió que ya era tarde y jamás volvería a verles.  

Licencia de Creative Commons
Éter y Sangre: La muerte de los Dioses by Lidia Rodríguez Garrocho is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported License.