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sábado, 31 de mayo de 2014

Fragmento Miembros del Círculo II-Êrhar: El amor de un ejecutor Parte I

Êrhar miró atrás y vio como las llamas comenzaban a devorar los árboles que rodeaban la que había sido su primera casa.

Notó la mano de Katen apretando la suya y las uñitas de su pequeña Nahoa clavándose en su pecho.

-Miwa Nahoa, miwa.-le susurró para intentar calmarla. La pequeña estaba tan atemorizada que el llanto no llegaba a cuajar, pero se podía intuir sin problemas que era lo que más deseaba en aquel instante.
-¿Ahora que haremos?-dijo preocupada Katen que sostenía al pequeño Siux y estaba haciendo un esfuerzo sobre humano para poder aguantarse sobre la rama del árbol.

-Debemos huir hacia el fuerte más cercano.-respondió el mawka.

Katen le agarró con fuerza la mano para no perder el equilibrio y después comprobó que Reyan, que llevaba a su hermana de tres años a cuestas y Wenhtara, estuvieran a salvo junto a ellos.

-Seguiremos por las ramas hasta que se marchen.-dijo Êrhar.

Su familia asintió sin mediar palabra. El joven cogió al bebé de los brazos de su madre, y ordenó a Nahoa a abrazarse con fuerza a él. Êrhar siempre había sido mejor trepando a los árboles y caminando por las ramas que su amada, por lo que era más seguro que él llevara a los dos pequeños de la familia y ella procurara ocuparse de Wehni, Reyan e Imala.

Comenzaba a amanecer cuando decidieron que era seguro poner nuevamente los pies en la tierra. Êrhar bajó con los dos pequeños a cuestas y después ayudó a su mujer y a sus otros hijos a hacerlo.

-Creo que ya les hemos despistado.-dijo el joven. Estaba claro que subirse a los árboles había sido una buena idea, pero rápidamente comprobó que no había sido suficiente.

-Buscad por ahí, no podemos dejar que el ejecutor se salga con la suya.-

La voz del colono sonó lejana pero no lo suficiente para que Êrhar pensara que estaban a salvo. Katen le miraba atemorizada. Su hijos le miraban con los rostros de la tristeza y el cansancio comandados por el mayor de los temores. Allí se encontraba él, de pie ante su familia, sin saber que hacer y consciente de que ellos confiaban en él para que los sacara con vida de aquel entuerto. Parecía que nada podía ir peor hasta que Nahoa comenzó a llorar.

-¡Cállala!-le dijo bruscamente el mawka a su mujer.

-Tiene miedo Êrhar.-dijo la mujer acercándose a la pequeña para acallar su llanto.

-Nos matarán si nos encuentran.-gruñó el joven.

-Tú puedes con ellos papá.-dijo Reyan demostrando la confianza ciega que tenía en su padre.

-No con vosotros aquí.-dijo bruscamente, mientras miraba expectante a su al rededor, como si esperara que de un momento a otro los soldados colonos aparecieran.

-Antes lo has hecho, lo hemos hecho juntos.-espetó el niño.

Êrhar mandó a callar a su hijo y después furioso volvió a decirle a su mujer que callara a la pequeña Nahoa, algo que la chica no consiguió. De repente dos soldados salieron de entre los arbustos dirigiéndose con rapidez hacia los niños. Êrhar reaccionó con rapidez y lanzó su nekwar a uno de ellos. El arma impactó directamente en la cabeza del soldado. Segundos después el joven lanzó un dardo al otro guerrero y corrió hacia el primero y antes de que el cuerpo inerte cayera al suelo sacó el hacha de la cabeza de éste y con un giro casi rítmico se lo clavó al segundo que murió al instante cuando el hacha atravesó su garganta.

Katen había conseguido calmar a Nahoa, aunque la verdad es que la pobre niña parecía haber dejado de llorar al ver lo que su padre había hecho a aquellos dos hombres. Êrhar se giró hacia su familia, el rostro salpicado de sangre de sus enemigos y su gesto preocupado hizo que tanto Katen como sus hijos le vieran como un auténtico desconocido. El silencio reinó el bosque. El joven comenzó a limpiar la sangre del arma mientras su familia lo miraba expectante, Katen fue la única capaz de decirle algo.

-¿Vamos a pasar la noche aquí?-

-Sí.-respondió él secamente.

Katen suspiró y comenzó a preparar a los niños extendiendo su capa en el suelo, allí se sentarían todos y dormirían acurrucados.

-Vigilaré toda la noche. Descansad, cuando amanezca continuaremos.-

La cuarta luna brillaba fuerte de madrugada. Katen y los niños dormían plácidamente a pesar  de que las circunstancias no eran buenas. Êrhar les observaba atentamente, estaba preocupado de como podrían afrontar todos juntos el viaje, si en esa semana comenzaba a nevar seguramente morirían por el camino. Un frío invernal se levantó en aquellos instantes, como si los dioses quisieran poner al joven a prueba. De repente comenzó a nevar. Êrhar no encontró suficientes palabras en su mente para maldecir su mala suerte. Rápidamente se acercó a su mujer y la despertó.

-Katen cariño.-le susurró.

La chica se despertó sobresaltada haciendo que Reyan se estremeciera aunque sin llegar a despertarse.

-¿Qué ocurre?-preguntó la joven. Antes de que su marido le respondiera la chica vio la nieve caer y sus ojos se abrieron como platos. ¡Había llegado ya la helada!

-Despiértalos, tenemos que ponernos en marcha.-

Llevaban más de una semana de viaje. Êrhar llevaba Siux en brazos y a Wenh de la mano. Reyan iba al lado de su padre llevando a Imala sobre sus hombros, Katen iba algo atrasada con la pequeña Nahoa, la niña no paraba de llorar y de patalear lo que hacía que la pobre madre no supiera ya que hacer con ella.

-Êrhar, Naho tiene hambre.-le dijo la chica acelerando el paso para acercarse a él. Tanto -Además tengo que darle el pecho a Siux.- apuntó la joven. El mawka paró en seco de andar y se giró hacia su mujer. Sus hijos mayores hicieron lo mismo.

-Pararemos un rato.-dijo el joven entregándole a Siux. Katen aguantó con uno de sus brazos a Nahoa y cogió con el otro  Siux.-Voy a ver que puedo encontrar.-

Katen comenzó a darle el pecho al bebé mientras Reyan intentaba calmar a sus hermanas haciéndoles trucos de magia con unas pequeñas piedrecitas.

Un espeso manto de nieve cubría ya todo el suelo. Êrhar se subió a uno de los árboles más altos que encontró para escrutar el terreno, en aquellos momentos era bastante difícil encontrar una presa, puesto que la mayoría estaba refugiada hasta que el tiempo se asentara del todo. Resopló al no avistar ningún atisbo de vida cerca de su posición y sobretodo porque no conseguía llegar a ver ninguna ciudad o el fuerte amigo al que debían dirigirse. Bajó del árbol algo decepcionado y con un pequeño trozo de cuerda y un palo creó una trampa para conejos, su vida en la tribu y como parte de los Ejecutores le había enseñado a ir siempre preparado para la aventura, algo que en aquellos momentos era un auténtica salvación. Consiguió hacer tres trampas que distribuyó en tres puntos estratégicos. No tuvo que esperar mucho para conseguir que una presa cayera en una de ellas. Era difícil cazar sin cebo, pero había conseguido que al menos una pequeña liebre pereciera en aquel improvisado cepo.

Cogió el animalito muerto y se dirigió hacia donde se encontraban Katen y los niños.

-He conseguido algo.-dijo el joven enseñándole la liebre a su mujer.-Ahora intentaré hacer fuego.-continuó.

Katen asintió y continuó dándole el pecho al pequeño mientras con la otra mano intentaba calmar a Nahoa que no paraba de gimotear debido al frío. Êrhar intentó hacer una hoguera pero el fuerte viento que soplaba hacía que fuese una tarea casi imposible. Tras media hora el joven desistió, tiró la yesca y el pedernal con rabia y frustrado se levantó y comenzó a despellejar a la liebre.

-¿No puedes encenderlo?-preguntó Katen tapándose el pecho ya que el pequeño se había quedado completamente dormido.

-No.-respondió rabioso el joven.

Reyan cogió la yesca y el pedernal que había tirado su padre e intentó en vano encender la hoguera. Êrhar tardó a penas diez minutos en despellejar al animal y hacerlo pequeñas tiras que dar de comer a los pequeños. La carne cruda no era algo a lo que estuvieran acostumbrados pero cortada de lonchas finitas podría ser algo que les gustara. Hizo las reparticiones correspondientes y se las entregó  a sus hijos y a su mujer.

Katen, Reyan y Wehn se comieron sus porciones casi al instante de que el mawka se las entregara. Nahoa observaba su porción con mala cara mientras Imala se metía un pequeño trozo en la boca poniendo cara de asco.

-No me gusta-dijo Nahoa tirando los trozos de carne al suelo para acto seguido echarse a llorar.

-¡Cómetelo!-le riñó Katen. Êrhar rebañaba los restos del animal cuando escuchó a la niña y a su mujer. Alzó la mirada y observó a la niña llorando.

-Katen.-le dijo el joven para que hiciera que la niña se callara.

La joven miró a su marido e hizo un gesto indicándole que no sabía que hacer, acto seguido volvió a dirigirse a la pequeña.-Come y calla, no hagas que me enfade.-

La niña comenzó a llorar más y más haciendo que Êrhar se desesperara, el ejecutor se puso en pie, cogió la carne que la pequeña había rechazado y se la tiró. Los finos trozos de comida cayeron cerca de la niña haciendo que se echara a llorar con más fuerza.-¡Muérete de hambre!-gritó enfadado.

-¡Miwa Êrhar!-le dijo Katen intentando calmarlo.

El progenitor miró enfadado a su mujer y se dio media vuelta empezando a alejarse de ellos.

-¿A dónde vas?-

-A buscar agua.-bramó él. Era cierto que había visto un pequeño arroyo cuando se había subido al árbol en busca de una presa pero lo que verdaderamente intentaba era despejarse y pensar que podía hacer. Llevaban una semana de viaje y aún no conseguía divisar el fuerte del cual le habían hablado en la orden. Resopló y tiró una piedra al río. No encontraba ninguna solución, debía llegar cuanto antes al fuerte y comenzar con sus misiones en el círculo y además tenía que poner a salvo a Katen y los niños. ¿Cómo podía hacer ambas cosas a la vez? Solo podía llegar en apenas unos días al fuerte, él soportaba el frío, el hambre y el cansancio, pero si dejaba a Katen sola con los niños en aquel lugar les supondría una lenta y dolorosa muerte, de frío, hambre o atacados por algún animal salvaje. ¿Pero conseguiría llegar al fuerte o a alguna ciudad o poblado cercano si seguía viajando con los niños? Estaba claro que no, si se quedaba con ellos, si decidía ir con ellos morirían todos, ni siquiera él podría soportar más de tres semanas viviendo a la intemperie.

-¿Êrhar estás bien?-le preguntó Katen a sus espaldas sacándole de sus pensamientos. La joven abrazó a su joven marido y le besó en la nuca. -He conseguido que se calme, sabes que siempre ha sido delicada.-continuó la joven para después volver a besarle la nuca.

-Lo sé.-dijo el joven en un susurro.

-No te enfades con ella-

-No me enfado con ella. Solo estoy preocupado por todos.-

-No tienes porque preocuparte.-dijo la chica poniéndose en frente de él.-Estamos todos bien, si, no tenemos los lujos que teníamos en casa pero estamos juntos, eso es lo que importa.-

Êrhar agachó la cabeza al escuchar aquellas palabras. ¿Cómo podía decirle que si continuaban podía ir poco a poco viendo como sus hijos perecían? Reyan comenzaba a tener la punta de los dedos congeladas debido a la hipotermia, el mayor de sus vástagos hacía alarde de su madurez y había entregado parte de su ropa a sus hermanos pequeños, eso estaba matándolo poco a poco.

-¿Qué ocurre?-preguntó Katen preocupada.

-Nada.-respondió el chico en un susurro.

La chica le agarró la barbilla y le levantó la cabeza para mirarle  los ojos. -¿Qué ocurre Êrhar?-

El mawka cogió aire y lo soltó con fuerza, no iba a ser fácil decirle aquellas palabras.-Vamos a morir todos.-soltó como si las palabras fluyeran sin problemas de su boca, algo que no era totalmente cierto.

Katen negó con la cabeza.-Ni se te ocurra decir eso, podemos superar esta prueba que los dioses nos han puesto.-

-No seas ilusa Katen.-dijo cansino el joven.-¿Has visto las manos de tu hijo mayor? Empieza a tener un principio de congelación.-La joven le miraba a los ojos y seguía moviendo la cabeza diciéndole en silencio que no y a la vez negándose a ver la cruda realidad que estaban viviendo.- ¿Crees que Siux podrá aguantar mucho más? ¿Y Nahoa? Sólo llora y nos pone en peligro.-continuó quejándose.

-¿Y qué podemos hacer?-preguntó preocupada Katen a la vez que las primeras lágrimas de su sufrimiento ante aquella verdad se asomaban reflejando la impotencia que sentía.

Êrhar volvió a agachar la cabeza, no se veía con fuerzas de contarle lo que él creía que era lo mejor para todos. -Tú y yo...-no hizo falta que terminara la frase para que la chica entendiera lo que estaba pensando. Katen rompió a llorar y se dio la vuelta dándole la espalda como si no quisiera que la viera llorar.

-No puedo creer que estés pensando en eso Êrhar.-dijo la chica con la voz entrecortada.

-Podemos tener más hijos.-dijo el mawka casi sin pensar en la dureza de aquellas palabras.

-¡No!-gritó ella volviéndose hacia él.-Ni se te ocurra volver a decir eso.-

-Katen, tú y yo podríamos salir vivos de esto, si continuamos con ellos moriremos todos.-

La muchacha volvió a negar con la cabeza.-¡No Êrhar no!-dijo llorando desconsoladamente.-Somos una familia y permaneceremos juntos.-

El chico cogió a su mujer por los hombros con una delicadeza extrema la besó en la frente aunque ella intentó zafarse de él y después la miró a los ojos.-Nena, no es fácil para mi, no puedo permitirme estar más tiempo sin ayudar al círculo.-

Katen apartó de un empujón a su marido.-¿Te importa más el círculo que tu familia, tu sangre?-

-Me importas tú. Solo te necesito a ti a mi lado.-

-Te quiero Êrhar pero...El joven abrazó a su chica y comenzó a acariciarle el pelo.-...creo que te equivocas.-

-Ojalá hubiese otra solución, a mi me duele igual que a ti pero también me dolerá verlos morir uno a uno y no poder hacer nada para poder evitarlo.-

Katen se enjugó las lágrimas y suspiró de mala gana.-Haz lo que tu quieras, después de todo lo que me has hecho sufrir cada día te amo más.-dicho esto la joven se marchó dejando al mawka a solas nuevamente con sus pensamientos. Êrhar respiró hondo y sacó las cuchillas que guardaba en su cinto. Lo haría rápido y de la forma más indolora posible, si iba a hacer aquel parricidio era simplemente parar ahorrarles un terrible sufrimiento a sus pequeños, los amaba, aquel horrible acto era un gesto de amor. Intentó convencerse a si mismo de aquello, de que estaba haciendo lo correcto, cuando mentalmente estuvo preparado para llevar a cabo el atroz asesinato volvió a donde su familia se encontraba.

Katen abrazaba al pequeño Siux con fuerza como si se negara a dejar que lo matara. Êrhar observó a cada uno de sus hijos, Reyan, el pequeño hombrecito, aún continuaba intentando encender la hoguera como si velar por su madre y hermanos fuese lo primordial para él. Wehni estaba intentando ayudar a Imala a que terminara los trocitos de carne cruda, a la pequeña al parecer le había llegado a gustar aunque le costaba masticarlos. Nahoa se aferraba a Katen mientras apretaba los labios para no echarse a llorar. Katen vio como Êrhar llevaba una de sus cuchillas en la mano, aunque intentaba esconderla poniendo el filo hacia arriba y tapándolo con el antebrazo. Estaba decidido, iba a matarlos para supuestamente salvarlos. Miró  a su marido como si fuese su peor enemigo. Êrhar evitó aquella mirada a toda costa, le dolía, sufría solo de pensar que ella jamás se lo perdonara.

El mawka se apoyó en un árbol y en silencio observó a sus hijos durante unos minutos, quería recordar cada gestos, cada centímetro de sus rostros, cuerpos... no quería jamás olvidarlos. Aquello era su forma de despedirse de ellos aunque Katen no lo veía así. Ella sentía que los estaba acechando como un depredador acechaba a sus presas. Desde que se había marchado con los del círculo había cambiado mucho, ella había visto una faceta de él que jamás quería que hubiese perfeccionado, era un ejecutor, un asesino entrenador para acabar con la vida de cualquiera, incluso con la vida de sus inocentes hijos. Katen dejó al pequeño Siux en el suelo con cuidado, se levantó y cogió a Nahoa del brazo con fuerza para arrastrarla hacia él. La niña comenzó a llorar al sentir la fuerza que su madre ejercía sobre su pequeña extremidad.

-¡Mátala ya!-dijo cogiendo el brazo donde tenía el cuchillo y moviéndolo hasta hacer que el filo quedara en la garganta de la pequeña.-¡Venga hazlo!-

Reyan, Wehn e Imala observaron atónitos a su madre.

-¿Pero qué haces mamá?-le reprochó Reyan tirando los utensilios para hacer fuego y cercándose a ella para hacer que apartara la cuchilla del cuello de la pequeña que lloraba desconsoladamente.

-Os va a matar.-dijo señalando a su marido.-Lo ha decidido y os está acechando como un depredador.-

Reyan abrió los ojos como platos y miró a su padre buscando una respuesta negativa, algo que no obtuvo. El niño dio un par de pasos atrás aterrorizado por que lo que su madre acababa de decir era cierto. ¿Por qué quería matarlos? Sus ojos comenzaron a inundarse de lágrimas.

-Es por vuestro bien. Os salvará de una muerte dolorosa y así él podrá llegar a su destino y continuar con su trabajo para el círculo.-dijo la mujer con sarcasmo.-¡Cuán importante es el círculo!-continuó con más sarcasmo aún.-¡Venga!¡Mátala!-gritó apretando el cuchillo contra el cuello de la pequeña.-Sé valiente y acaba con ella, luego puedes continuar con tu hijo mayor, él seguro que opone algo de resistencia.-

Reyan cayó sobre sus rodillas echándose a llorar, sus hermanas hicieron lo mismo y segundos después el pequeño Siux como si comprendiera el dolor que sentían sus hermanos, se unió al llanto.
Êrhar permanecía en completo silencio apretando con fuerza la cuchilla. ¡Será rápido e indoloro! Se repetía una y otra vez convenciéndose para el atroz acto.

-¿Sabes qué?-dijo Katen soltando a la niña que rápidamente corrió hacia su hermano mayor que la abrazó con ternura.-Mejor mátame a mi primero.-continuó echándose a llorar y poniendo el cuchillo en su cuello.-No soportaría ver como acabas con ellos, no soportaría vivir sin ellos.- Las palabras de Katen fueron puñaladas en el corazón de Êrhar, se lo estaba poniendo muy difícil. Miró  sus hijos, a pesar de llorar desconsoladamente continuaban allí, como si hubieran aceptado la decisión de su padre. Aquello le partió el corazón, ellos demostraban mil veces más amor con ese acto que él acabando con sus vidas para evitarles sufrimiento. Era tan grande el amor y admiración que sentían por él que aceptaban su decisión sin más. Miró a Katen, sus preciosos ojos azules estaban enrojecidos por el llanto, apretaba con fuerza el cuchillo contra su cuello mientras en susurros le suplicaba que la matara a ella primero. ¿Había alguien en toda Kartia que lo amaraba más que su familia que pensaba que su vida valía más que ninguna? Abrió la mano con la que aguantaba el puñal y dejó que éste cayera al suelo. Se encontraba tan mal que ni siquiera se percató del tremendo suspiro que Katen soltó cuando vio que deponía el arma. Apretó los labios y calló sobre sus rodillas para acto seguido abrazar a su mujer por la cintura y echarse a llorar como un niño apretando su rostro contra el vientre de ella, el vientre que había engendrado a sus pequeños, a las personitas que más amaba en el mundo, los que le idolatraban, los que había estado a punto de traicionar. Katen dejó de llorar y acarició la cabeza de su marido.

-Lo siento.-comenzó  a repetir él.

De repente sintió el abrazo de sus hijos incluso sintió las pequeñas manitas de Siux que Reyan había cogido en sus brazos. Sintió el afecto de todos ellos y cuando sintió cerca a la pequeña Nahoa no dudó ni un instante en abrazarla. Se puso de pie y la cogió en sus brazos. -Mi pequeña, preciosa mía.-le dijo besándola repetidas veces. La pequeña parecía haber entendido con una madurez extrema el mal momento por el que su padre había pasado, porque le brindó la mejor de sus sonrisas como si supiera que solo aquello podía hacer feliz a su desolado progenitor.

-Jamás dejaré que os ocurra nada.-dijo el mawka entre lágrimas.-¡Jamás! Si me uní al círculo fue por vosotros.-miró a cada uno de sus hijos y por último a su mujer, el amor de su vida.-Para dejaros un mundo en el que no tuvieseis que ser esclavos.-Con la pequeña en brazos hizo un gesto para que volviesen a abrazarse todos, la familia en seguida lo entendió. -Os quiero...jamás dejaré que os pase nada.-

martes, 6 de agosto de 2013

Fragmento Miembros del Círculo III-Breden: Templario Vacío Parte III

Llevaba ya dos semanas recibiendo las visitas de Vera y la verdad es que era lo único que le hacía mantenerse cuerdo. Sus heridas se habían cicatrizado bastante bien gracias a los cuidados de la joven y poco a poco podía incorporarse. Le era muy difícil calcular las horas con la escasa luz que podía ver pero como un animal , su cuerpo sabía exactamente el momento del día en el que Vera llegaba a traer la comida y a curarle. Aquel día se estaba retrasando. Breden no podía dejar de sentir una angustia que le recorría el cuerpo desde punta a punta. ¿Dónde se encontraba?

De repente escuchó el ruido metálico de la puerta, había demasiado alboroto para que fuese únicamente la joven nórdica, pero aún así tuvo la esperanza de que aunque fuese acompañada llegara.

Empezó a ver a un montón de templarios que empujaban bruscamente a chicas atemorizadas que lloraban desconsoladamente.

-¡Vamos entra!- le decía uno sin piedad mientras la empujaba a una celda contigua a la de Breden. Éste se quedó atónito. ¿Eran esclavas como Vera? ¿Les habían hecho lo mismo a ellas? Los hombres metieron a la fuerza a todas las muchachas en la celda y después se marcharon. Segundos después apareció Vera.

-Til iikmar! Til iikmar!- gritaban las chicas.

Vera pasó de largo la celda de Breden, algo que le sorprendió, y se dirigió hacia la de las chicas.

-Kur ïm iikmare-dicho esto volvió sobre sus pasos. -Me abres la celda.-le dijo al guardia que permanecía impasible durante horas. El hombre se levantó de la silla y de mala gana se acercó a la puerta para abrirla. Vera entró y éste la encerró con Breden.

-¡Hola Vera!-le dijo Breden casi en un susurro.

-¡Hola!-dijo bastante seca la joven.

-¿Ocurre algo?-

Vera negó con la cabeza y le entregó el trozo de pan con queso para después preparar todo para empezar con las curas.

-Vera, puedes confiar en mi, te debo la vida.-

La joven cogió el pan y lo estrujó un poco para que cayeran unas cuantas migas. Ante la atenta mirada del templario  comenzó a colocar las migas escribiendo un mensaje. "No puedo hablar"

Breden asintió y comprendió a la muchacha aunque eso no quitaba que la intriga le recorriera todo el cuerpo. ¿Qué estaba ocurriendo? ¿Por qué no podía hablar de lo que le preocupaba?

Vera permaneció callada mientras curaba las heridas de Breden, este decidió adoptar la misma postura, solo se escuchaban los agónicos llantos de las jóvenes y algún que otro grito del guardia mandándolas callar. Cuando la joven terminó su trabajo llamó al guardia y sin mediar palabra con Breden salió de la celda. Las jóvenes que estaban en la jaula continua comenzaron a gritar al ver a la chica, pero cuando esta desapareció poco a poco dejaron de hacerlo, sabiendo que habían desperdiciado la que sería su última oportunidad para escapar.

Breden dormía cuando escuchó la puerta nuevamente. No sabía cuanto tiempo había pasado desde la visita de Vera pero por el ruido en el exterior intuía que era de noche. Seis templarios entraron y se dirigieron hacia la celda de las jóvenes. Estas que habían sucumbido al cansancio rápidamente volvieron a gritar y pelear para que los hombres no las tocaran. Los siervos de Huen rápidamente las inmovilizaron y las sacaron arrastras del lugar. ¿A dónde se las llevaban? Justo cuando desaparecieron por la puerta entró el Obispo Sillax.

-Breden Zomaren, veo que te has recuperado bastante rápido.-

-Excelencia.-dijo el joven haciendo una reverencia con la cabeza puesto que estaba sentado en el suelo.

-¿Puedes ponerte en pie?-

-Aún me cuesta.-

-Templario, ven aquí.- dijo el Obispo haciendo que el carcelero se acercara rápidamente. -Trae unos grilletes, vamos a sacar a este individuo.-

Breden se quedó atónito. ¿A dónde pensaba llevarlo? ¿Lo iba a ejecutar? El hombre no se lo pensó dos veces y le preguntó al anciano por su futuro.

-¿Qué me vais a hacer?-

-Nada.-dijo el Obispo dando la orden al templario para que pusiera los grilletes al preso.

El hombre se acercó a Breden y comenzó a ponerle aquellos artilugios de inmovilización. Breden aún estaba dolorido y las malas maneras del templario no hacían más que causarle dolores que hacía tiempo Vera había hecho que cesaran.

-¡Ponte en pie!-ordenó el Obispo.

Aún teniendo la pierna rota el joven consiguió levantarse.

-¡Vamos!- dijo el Obispo cogiendo la cadena de los grilletes y obligando al herido a andar cojeando.

-¿Dónde vamos?-

-¡Cállate!-le gritó el Obispo.

Breden recordó sus primeros años en la orden, como el Obispo de su abadía le había tratado como el padre que nunca tuvo y sintió lástima. Sillax no se merecía ser llamado Obispo, no se merecía el cargo ni servir a Huen. Sabía que el Dios haría que todos estos que se hacían llamar sus siervos y estaban cometiendo atrocidades en su nombre pagaran con su sangre todo el daño que habían hecho.

Subieron unas enormes escaleras de piedra en forma de caracol. Breden miró hacia abajo para ver a cuanta profundidad lo habían tenido y pudo ver en el hueco de la escalera el símbolo de los templarios de Huen. El muchacho continuó andando a rastras y con mucha dificultad hasta llegar a ver la luz de tres de las siete lunas. El poder ver a las reinas de la noche le alivió, por fin volvía a respirar aire puro y podía sentir la naturaleza. El Obispo lo llevó hasta un edificio cercano a aquella cárcel subterránea, Breden lo reconoció enseguida, era la abadía de los Templarios de Huen en las tierras del norte, donde hacía unos meses él había sido trasladado y donde hacía unas semanas había sido torturado casi hasta la muerte.

Breden no entendía nada, no sabía porque lo llevaban allí otra vez ni siquiera porque lo habían sacado de aquella cárcel. Estaba desconcertado no solo por el dolor que aún sentía de las heridas de la tortura si no por todo lo que estaba ocurriendo. Primero, la llegada de aquellas jóvenes que seguro que al igual que Vera eran esclavas, después la extraña actitud de la joven que con misterio le había dicho que no podía hablar con él y ahora aquello. ¿Qué se traían entre manos?

Entraron en la abadía, tanto Breden como el Obispo permanecían en silencio. El joven pensó en escapar, aquel hombre era débil y viejo y tal vez con un golpe podía tirarlo al suelo, pero pensó en su pierna rota, no tendría muchas posibilidades de sobrevivir en aquella hostil tierra y segundos después pensó en Vera. ¿Qué sería de ella si el se marchaba? Aguantando sus ansias de liberarse continuó caminando hasta que el Obispo le hizo entrar en una habitación del tercer piso de la abadía.

-Vera te arreglará, esta noche tenemos una cena muy importante.-

Breden entró en la habitación y vio una bañera llena de agua caliente, ropas lujosas y a la joven esperándole con una esponja en la mano.

-Señores.-dijo la chica haciendo una reverencia cortés al ver a los dos hombres.

El Obispo cerró la puerta con llave desde fuera y se marchó.

-¿Qué está ocurriendo Vera?-

-Shhh, no hables, debes estar listo para la cena.-

Breden se acercó a la chica que estaba remojando la esponja en el agua, la agarró por los hombros firme pero con delicadeza y la miró fijamente a los ojos.

-Vera, dime la verdad. ¿Eres una esclava?-

La chica apartó la mirada avergonzada. Breden tomó aquella respuesta como afirmativa.

-¿Por qué es tan importante la cena de hoy? ¿Las chicas del calabozo son también esclavas?-

Vera soltó la esponja en el agua y asintió a la última pregunta, después respondió a la primera.

-Creo que vienen unos Obispos del sur.-

-¿Y por qué tengo que estar yo?-

-No lo sé, te querrá poner a prueba.-

-¿A prueba?-

La joven se echó a llorar desconsoladamente. A pesar de saber que aquella joven había sufrido mucho siendo tan joven nunca la había visto llorar y aquello le partió el corazón. Nunca había sentido tanta admiración por nadie más que su madre y su dios y ahora Vera y se sentía desgraciado por verla de aquella forma. Sin dudarlo un instante la abrazó.

-¿Qué ocurre preciosa?- el templario se sorprendió a si mismo con aquella palabra. "Preciosa" jamás había usado esa palabra para referirse a una mujer y mucho menos de la forma cariñosa que lo había hecho. ¿Se sentía atraído por ella como un hombre corriente ajeno al credo?
Vera le abrazó con fuerza haciendo que sintiese su corazón latir y sus lágrimas empapándole el cuerpo.

-¿Qué ocurre?-

La chica dio un pequeño gemido de dolor y entre sollozos le respondió.

-Hoy es la noche de las Lunas de Sangre.-

Breden se quedó paralizado. ¿Las Lunas de Sangre? ¿Qué era eso? ¿Un ritual pagano?

-¿Qué es?- preguntó extrañado esperando satisfacer su curiosidad.

La chica se enjugó las lágrimas.-Secuestran a chicas de las tribus cercanas para hacer el ritual de las Lunas de Sangre.- la muchacha tragó saliva y continuó.-Consiste en obligarlas a tener sexo con los presentes en la cena, deben hacerlo lo mejor que sepan porque cuando llega la media noche solo una de ellas quedará viva.-

Breden se quedó horrorizado. ¿Dónde quedaba el voto de castidad? ¿Por qué tenían que hacer esos rituales? ¿Qué se ganaba con ello? ¿Por qué le hacían sufrir tanto a aquellas pobres chicas? Breden abrazó con fuerza a la joven que continuaba llorando pero esta vez no lo hizo por ella, por intentar consolarla, si no por él, tanta maldad le horrorizaba, no le gustaba lo que sentía, no había sido educada para odiar y desear venganza y en aquellos instantes era lo que más deseaba. Quería llegar a la cena y acabar con todos los presentes antes de que pusieran una mano encima a las chicas, deseaba entregar cada una de las almas de esos malvados a Nuru y que las hiciera arder en el infierno como a todos sus demonios, anhelaba venganza por todo lo que debía haber sufrido Vera. El sufrimiento de la joven le inundó el pensamiento y una pregunta comenzó a repetirse constantemente. ¿Ella ha vivido alguno de esos macabros rituales?

-Tú...- Breden deseaba preguntarselo pero temía la respuesta, no quería saber que ella había sufrido aquello, temía que si la respuesta era afirmativa la ira lo envolviera de tal forma que su alma jamás volviera a ser pura.

La joven asintió.-He vivido tres desde que llegué.-dijo entre sollozos. El rostro de Breden se desencajó y su respiración se aceleró debido a la ira. -He visto como las mutilaban mientras las violaban porque no eran suficientemente guapas, he visto como directamente les rebanaban el cuello por negarse y he visto...-

Breden le tapó la boca, no quería escuchar más, pero como una maldad del destino su zéner se activó transportándolo a una de esas noches de Lunas de Sangre.





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Miembros del Círculo-Breden:Templario vacío. by Lidia Rodríguez Garrocho is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported License.

jueves, 1 de agosto de 2013

Fragmento Miembros del Círculo III-Breden: Templario Vacío Parte II

[AVISO QUE ESTE FRAGMENTO PUEDE SER VIOLENTO O HERIR LA SENSIBILIDAD DEL LECTOR. BAJO TU RESPONSABILIDAD QUEDA LEERLO O NO]

Llevaba unos tres días allí encerrado en aquella húmeda celda subterránea. Vera había venido a traerle de comer una vez al día y aprovechaba para curarle las heridas. Breden sentía como su pierna rota se estaba curando mal, pero daba gracias a que la joven venía a calmarle un poco aquellos terribles dolores aunque fuese con su simple presencia.

No sabía que hora era pero cuando escuchó la puerta de metal por donde Vera venía sintió un alivio y una alegría que le era difícil de entender. Escuchó como la joven hablaba con el guardia y como éste se acercaba para abrirle la puerta.

-¡Hola Breden!-le dijo la chica con su acento nórdico y su voz dulce.

El día anterior el templario había reunido el valor suficiente para preguntarle acerca de su vida, le preguntó como se llamaba a lo que ella respondió Vera, algo que él sabía desde el primer día que la vio, también de donde era, ella le dijo que Sorstag, una región de Atsilan situada al sur. No le habló de su familia ni de su lugar de origen a pesar de que él le preguntó pero si se interesó por él. Él le dijo que era Templario de Huen, que se llamaba Breden y que estaba solo en esta vida. Aquella frase esperaba llamar la atención de la joven, hacer que se sintiera identificada pero el pánico que sentía era más fuerte que las ganas de ser libre. Tan fuerte era que Breden se había llegado a plantear la opción de que tal vez ella pudiese estar allí por su propia voluntad.

-¡Hola Vera!- le respondió el siervo del tiempo.

-¿Se encuentra mejor hoy?-

Breden había tenido un fuerte dolor de estómago durante estos dos últimos días, algo que le había comentado, ella el día anterior le había traido una infusión y la verdad es que había hecho efecto.

-Sí, estoy mejor.-

La joven traía  un barreño lleno de agua y justo encima de él una bandeja con comida, nada del otro mundo, un trozo de pan y dos lonchas de queso con un vaso único de agua. Comenzó a lavarle la espalda mientras él comía y se sorprendió de lo rápido que estaban cicatrizando sus heridas. Breden podía ver con ambos ojos ahora, la hinchazón había desaparecido y era algo que agradecía. Vera, se había fijado en su zéner y le había preguntado acerca de él, le explicó que su forma en espiral le daba el poder de controlar el dolor, algo que era totalmente falso. Ella le creyó y viendo a las torturas a las que había sido sometido le pareció bastante útil.

Breden saboreaba el queso como si fuese el último que quedaba en Kartia, o incluso en Thaindor, Vera mientras tanto le limpiaba las enormes heridas de la espalda. De repente el zéner volvió a activarse al sentir nuevamente el tacto de la piel de la joven con la del templario. Jamás le había ocurrido el poder ver dos recuerdos de alguien en tan poco tiempo. Breden podía ver los recuerdos más dolorosos de la gente a veces veía más de uno a la vez pero no solía ver dos de la misma persona en días tan seguidos, solían pasar años y miles de vivencias y a pesar de que había aprendido a indagar en los recuerdos de la gente, tenía que concentrarse mucho para poder hacerlo algo que en esos momentos no podía hacer.

Se encontraba encadenado de pies y manos en una lujosa habitación. Sentía dolor en las muñecas y en los tobillos pero no el pánico que había sentido en el anterior recuerdo. Se sentía satisfecho y contento por haber dejado escapar a tres jóvenes procedentes del norte. De repente apareció el Obispo. Breden no solo lo reconoció por los recuerdos y pensamientos de Vera si no también por sus ropajes, blanco, carmesí y morado eran los colores propios de un Obispo de Huen. 

-¡Te has portado mal Vera!-dijo en un tono bastante burlón, algo que le pareció repugnante al templario.-Deberás pagar por esta insolencia.- se acercó a la joven y la agarró del pelo. Sentía como la fuerza y entereza de la muchacha hacían que sostuviera la lágrimas que a punto estaban de aflorar de sus preciosos ojos color zafiro. El anciano se levantó la sotana y casi en cuestión de segundos Breden notó una asquerosa asfixia que le hacía tener arcadas y revolvía su estómago. El templario deseó no haber sentido todo lo que aquella primera sensación conllevaba y prácticamente se limitó como un autómata a sentir aquella repugnante sensación. La angustia que sentía la joven sumada a la inmunda sensación de revivir aquel recuerdo estaban haciendo que Breden sintiera que el poco queso que había saboreado con tanto afán quisiera abandonar su cuerpo para pasar a ser parte de la suciedad que adornaba aquella celda. Sintió como la lujuria del Obispo llegaba a su fin con la culminación de aquel placer carnal que se había otorgado el siervo de Huen a costa de la humillación de la joven. Aquella sensación fue el súmmum de lo repulsivo, sentía su boca seca y pegajosa y como la joven sentía arcadas casi cada segundo. 

-Así aprenderás a no hacer lo que no debes.-inquirió aquel bastardo violador.

¡Hijo de Puta! pensó Breden. ¿Cómo un Obispo hacía estas cosas? ¿Qué estaba ocurriendo en el credo? Sintiendo como a Vera le subía todo el contenido de su estómago como una gigante ola y de repente vomitó. Sentía el ácido sabor del vómito en su boca y las lágrimas que le caían por las mejillas.

-¿Qué coño haces guarra? ¡Limpia eso!-le reprendió el viejo restregándole la cara en el vomitado. Breden sentía más rabia que asco. Deseaba cortar en pedacitos aquel malnacido con su mandoble y dárselo de comer a las ratas. ¿Cómo podía hacer algo así a una mujer? Una mujer, Vera no era ni eso, ¡era una niña!
Sintió la impotencia, rabia y angustia de la joven y sus pensamiento homicidas hacia aquel desalmado que no distaban mucho de los que Breden había tenido segundos antes. 


El recuerdo terminó haciendo que Breden se sintiera aliviado. Había visto sin fin de calamidades que sus conocidos y allegados habían sufrido pero jamás había sentido tanto dolor como con aquella chica. Miró el trozo de pan y se obligó a comer a pesar de que lo que había vivido le había quitado el hambre por completo.

-¡Listo! Está cicatrizando todo muy rápido.-dijo Vera ajena a lo que el templario estaba viviendo en su fuero interno.

-¿Qué edad tienes Vera?-

La chica le observaba la pierna ahora, y sopesaba si debía cambiarle o no el vendaje que le había puesto. -¿Por qué lo pregunta?-

-Curiosidad.-

-Tengo diecisiete años. ¿Y usted?-

-Tengo unos pocos más que tú.-

Vera sonrió.-¿Y cuántos son  pocos?-

-Diez más.-

Vera volvió a sonreír y decidió cambiarle el vendaje de la pierna.

-Cómase el pan, necesita recuperar fuerzas.-

Breden la miró atentamente, como podía ser tan inocente y pura a pesar de todas las barbaridades que había sufrido.  Estaba perdiendo la fe en su dios o por lo menos en la institución que lo veneraba, pero aquella muchacha le hacía sentir que había algo que se alzaba por encima de la religión, por encima de cualquier creencia, de las barbaries cometidas como actos de fe o incluso como simples instrumentos de vejación, en esos momento no sabía de que se trataba, no sabía que aquello que el pensaba que era simple admiración era el comienzo de un amor hacia una mujer que jamás volvería a sentir.

Breden le puso la mano en el hombro, jamás había tocado a una mujer y si se le hubiese pasado por la cabeza hacerlo sin pedir permiso como había hecho en aquel instante. Vera le miró asustada. ¿Temía que él también abusara de ella?

-Tranquila, solo quería darte las gracias por todo lo que estás haciendo conmigo.-

El rostro de la joven se suavizó, estaba aliviada aunque seguía incomodándole que el hombre le tocara sus hombros desnudos. -No te mereces sufrir jamás, no consientas que nadie te haga sufrir.-  Breden le acarició la mejilla sintiendo un tremendo placer al hacerlo, aunque sin poder evitar sentirse sucio al desear aquellas caricias y el roce con su piel. No quería que ella pensara que él era igual que todo los que allí estaban, que era un templario más de los que violan y matan jovencitas nórdicas, pero el tacto de su piel era la mayor droga que había experimentado hasta la fecha incluso mejor que los mejunjes que tomaban los oráculos para tener sus revelaciones.

Vera se sintió incómoda y rápidamente recogió sus cosas y llamó al guardia. Breden no insistió, la dejó marchar, no quería forzarla a confiar en él, poco a poco conseguiría ganarse su confianza y así salvarla de aquel infierno.



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Fragmento de Miembros del Círculo III-Breden: Templario Vacío.

Breden estaba destrozado, la paliza que le habían proporcionado y las torturas a las que había sido sometido le hacían que incluso respirar se convirtiera en un suplicio. Sentía los latidos de su corazón en prácticamente todas las partes de su cuerpo, haciendo que además del dolor esa sensación desagradable se uniera.

Le habían torturado durante más de cuarenta horas, le faltaban siete uñas de los dedos de las manos, tenía la espalda totalmente desgarrada y más de cuatro huesos rotos. Ni siquiera sabía como había podido recobrar la consciencia y mucho menos seguir con vida.

Abrió ligeramente los ojos, aunque solo alcanzaba ver con uno de ellos,aterrorizado porque haber podido perder el otro se echó dolorido la mano a la cara. Simplemente estaba hinchado, tanto que era imposible que pudiese abrir el parpado, aunque eso le aliviaba un poco , le daba esperanzas para pensar que tal vez su ojo siguiera intacto y solo fuese el hinchazón el que impedía que no pudiese ver por él. Observó con dificultad la estancia, estaba bajo tierra, de eso estaba claro, en una celda oscura, húmeda y fría. Por las paredes de piedra corrían pequeños hilos de agua. Breden se moría de sed intentó arrastrarse para llegar hasta ellos sin importarle si era agua potable o no. De repente escuchó un ruido metálico e intentó ponerse en guardia. ¿Iban a continuar con la tortura? Intentó ponerse de pie pero tenía una pierna rota y el tobillo de la otra destrozado, además de los dos hombros desencajados algo que le suponía un dolor terrible y una significante dificultad para moverse.

Vio aparecer a una preciosa muchacha de cabellos largos y de color miel que llevaba recogidos en una gran trenza de espiga. La chica era de tez muy pálida y iba vestida con un vestido sencillo de color ocre con un escote bastante generoso. El vestido estaba algo sucio por lo que Breden dedujo que la joven no era noble. Llevaba un barreño pequeño y toallas y vendas. ¿Qué venía a hacer allí?

-Vengo a curar al preso.-dijo la joven con un acento nórdico bastante pronunciado.

Breden pudo ver como el guardia asentía y la conducía hasta su celda.

-He de encerrarte con él, cuando termines avisa.-

Le abrió la celda y la dejó entrar. La joven dejó con cuidado el barreño que estaba lleno de agua.

-Tengo sed...-balbuceó Breden al escuchar el sonido del agua.

La joven cogió una toalla, la mojó y se la acercó a los labios. Breden sabía que no era bueno después de tantas horas sin llevarse nada al estómago y con todos los daños sufridos que le diera de beber en grandes cantidades por lo que no rechistó. Se mojó los labios con la toalla y sintió un alivio casi divino.

-¿Más?-le preguntó la joven con aquella dulce voz.

Breden solo tuvo fuerzas para asentir lo que hizo que la chica rápidamente mojara la toalla en el agua otra vez y se la acercara a los labios.

El templario estaba semidesnudo ante aquella mujer desconocida algo que su credo prohibida rotundamente, pero en aquellos instantes era lo último que importaba, quería cuanto antes que los dolores se mitigaran como fuese y ni siquiera sabía si debía obedecer al credo que tanto había venerado. ¿Cómo podían hacer todo aquello? Ellos eran los que habían robado las reliquias del templo y ellos eran los que habían asesinado a todos los sacerdotes, sacerdotisas y religiosos que en él se encontraban ¿Cómo el Obispo podía consentir semejante acto de crueldad? De repente sintió un dolor punzante en su espalda y el frío tacto de la toalla mojada con la que la joven le limpiaba la sangre. Emitió un gemido de dolor haciendo que la chica moviera más despacio el trozo de tela mojado.

-Siento hacerte daño, pero he de limpiarte las heridas para poder coserlas.-

Breden suspiró intentando aguantar el insoportable dolor que la joven le hacía.

-¿Por qué no me matan? ¿Por qué te mandan a curarme?-le preguntó el templario. ¿Qué querrían de él? ¿Esperaban que hiciera algo por ellos? ¿Esperaban que robara alguna reliquia más? ¿Qué les dijera como funcionaban aquellas? Miles de preguntas se amontonaban en su mente sin encontrar una respuesta.

-No lo sé, yo no sé nada.-respondió la chica casi en un susurro.

De repente sintió durante unos segundos la piel de la muchacha algo que activó rápidamente su zéner.

Veía fuego por todo, casas y más casas quemándose. Sentía pánico un pánico que jamás había sentido. Corría como alma que lleva el diablo hacia su casa, adentrándose en las llamas. 

-¡Ded!¡Mam!- escuchó su voz gritando, la voz de aquella joven que en esos instantes le estaba limpiando las heridas de la espalda. No sabía que idioma hablaba, pero entendió aquellas palabras, ¡Papá! ¡Mamá! 

De repente aparecieron unos jinetes, templarios de la orden de Huen. Breden los reconoció pero sentía como la joven no sabía quien eran aquellos extraños. Se apartó de ellos un poco pero la golpearon en la cabeza haciendo que cayera al suelo dolorida. 

-Métela en la jaula junto a las otras, el Obispo esta noche estará contento con nosotros.-

Sintió como la agarraban de las piernas y los brazos. Eran dos hombres vestidos con el uniforme de los templarios de Huen. La cota de malla de acero de Fortan, la cruz de color rojo sangre y la capa morada indicaban que eran altos cargos, algo que la joven no sabía pero que Breden si.

La arrastraron hasta una jaula donde había cinco chicas más, todas ellas muy jóvenes. La chica las reconoció a todas y sus rostros se desencajaron al verla. Breden no conocía a ninguna de ellas pero sintió lo que la joven sentía, dos compañeras de la escuela, la hija del herrero, la hija de un gran pescador y su prima.
La joven se agarró a la última como si la vida le fuera en ello y las dos se echaron a llorar. Las otras muchachas comenzaron a gritar pero rápidamente un templario golpeo la jaula. 

-¡Callaros putas!-

Las seis jóvenes estaban aterrorizadas, Breden podía sentir el pánico de la joven. ¿Por qué hacían eso los templarios? Breden no entendía nada, no sabía que estaban haciendo ni porque lo hacían. ¿Desde cuando se quemaban aldeas? ¿Cuándo y dónde había una Guerra Santa? Hacía años que se habían prohibido por los Sabios y le extrañaba estar viendo aquello en los recuerdos de una chica tan joven. 

Sintió como la jaula empezaba a moverse, las estaban trasladando a algún lugar. Todas se aferraban a los barrotes de la jaula y gritaban sin importarle lo que los templarios pudieran hacerlas, todas menos ella, que se aferraba con fuerza a su prima.

-Vera,wan dir maij?-le preguntó su prima. Breden lo entendió en seguida y supo que Vera era el nombre de la joven que estaba con él y en cuyos recuerdos estaba metiendo las narices por culpa del dichoso zéner. 

Vera negó con la cabeza respondiendo a la pregunta de su prima. No tenía ni idea de lo que estaba pasando ni tampoco a dónde las llevaban. Durante una angustiosa hora de camino las jóvenes se desgañitaron sin que nadie las oyera o les ofreciera ayuda. Cansadas muchas comenzaban a desvanecerse, no se sabe si de sueño, tristeza, cansancio o simplemente para evitar el mal trago. Vera seguía firme abrazada a su prima. De repente pararon en seco lo que hizo que muchas se despertaran, Vera estaba alerta y con los nervios a flor de piel. El pánico no había  desaparecido desde el primer segundo del recuerdo lo que hacía que Breden se sintiera terriblemente mal. 

-Tú, ven aquí.-dijo uno de los templarios señalando a la prima de Vera.

La joven abrió los ojos como platos. Breden sentía el corazón de ambas chicas latir con fuerza, como si de un momento a otro fuese a estallar debido a la velocidad de los latidos. Frikia, como se llamaba la prima de la joven, apartó a Vera con cuidado.

-Nij afurme-

¿Cómo no se iba a preocupar? se preguntó Breden. Cuando pudo deshacerse de Vera, la chica se acercó a la puerta de la jaula. El templario la abrió y ésta salió de ella. 

-¿Eres virgen?-

La chica asintió.

-¿Qué edad tienes?-

La joven se quedó callada. Breden sintió los pensamientos de Vera. Frikia no dominaba la lengua común de los humanos en Kartia y probablemente no sabía como decirle su edad. Vera le ayudó.

-Diecisiete.-

-¡CALLATE PUTA! No estoy hablando contigo- gritó el templario. 

Breden se sorprendió del lenguaje que éstos utilizaban. ¿De verdad aquellos individuos pertenecían al mismo credo que él? No daba crédito a lo que estaba viviendo y sinceramente sentía que aquello era tan real que le conmovía. 

-Diecisiete.-respondió la chica.

-¡Estás mintiendo! Te lo ha dicho ella-

El templario cogió a la joven del pelo y la golpeó fuertemente contra la jaula de hierro haciendo que todas se asustaran y que Vera se echara a llorar al ver que a Fikia le salia sangre a borbotones de la nariz y la boca.


-No mentir señor.- dijo la joven.

Otro templario se acercó.

-¿Por qué estás tardando tanto?-

-Ya he elegido a la que será la acompañante del Obispo.-

Breden no salía de su asombro. ¿Acompañante del Obispo? ¿Las habían apresado para prostituirlas? ¿Prostituirlas con altos cargos religiosos que tenían totalmente prohibido cualquier contacto carnal?

-¿Ésta? ¡Está sangrando imbécil! Ya no nos sirve deshazte de ella.-

Vera que aún lloraba desconsoladamente se enjugó las lágrimas con premura al escuchar aquellas palabras. ¿La iban a dejar libre? Breden pudo sentir la inocencia en los pensamientos de aquella muchacha. Solo ésta podía hacer creer que aquellas palabras significaban algo que no fuese la muerte. 

El templario se marchó dejando a su compañero con la herida Fikia. ¡Sois nórdicas hijas de vikingos pelead! pensó Breden como si las jóvenes pudieran escucharle y cambiar así su destino. Fikia ni se lo esperaba, de repente el templario sacó una navaja y ante la atónita mirada de las otras jóvenes le rebanó el pescuezo. Vera vio los últimos segundos de vida de su prima con la angustia que la impotencia crea. 

Breden sentía el dolor de la joven, el miedo, la rabia, el cúmulo de sentimientos que la inundaban en aquellos instantes y además se sumaban los que él comenzaba a sentir. 

-Tú, ven aquí.-dijo el templario señalando a Vera. -Tú serás la esclava del Obispo.-

De repente Breden volvió en sí. ¿Había terminado el recuerdo? Sintió como Vera le estaba aún limpiando la espalda, no habian pasado ni diez segundos aunque él había vivido recuerdos de horas de aquella pobre joven. Recordó las últimas palabras de aquel templario. ¿Esclava? ¿Los esclavos se habían prohibido? ¿Era Vera una esclava? Breden se giró como pudo para mirarla a la cara.

-No te muevas le dijo la chica.-

El alzó con dificultad la mano para que le dejara hablar.

-¿Quién te ha mandado venir?-

-El Obispo.-

-¿Trabajas para él?-

La chica asintió mientras intentaba que Breden volviese a su antigua posición para seguir limpiándole las heridas de la espalda.

-¿Te paga?-

-Creo que eso no es de su incumbencia, cállese y deje que termine de curarle si no quiere que me marche y le deje para que las ratas se lo coman.-

Breden entendió aquella respuesta. Vera sentía pánico hacia su amo, el Obispo. Jamás reconocería que era una esclava seguramente eso haría que la matara. Decidió permanecer callado, debía ganarse su confianza, debía conseguir que ella se lo contara todo y después planear una huída, si conseguía llegar a alguna institución de Sabios y denunciar todo lo que su orden estaba haciendo su periplo habría acabado y el infierno que vivían Vera y las chicas que la acompañaban aquella noche se acabaría.

La joven terminó de limpiarle la espalda y sacó una pequeña aguja con un poco de hilo de sutura para coser las heridas más graves que el templario tenía en la espalda. Breden se sintió mal, quería saber que era lo que aquella joven estaba pensando. Estaba curando a un miembro de la orden que tanto daño le había hecho a ella y a su gente, algo que seguramente la destrozaba. Seguro que quería rebanarle el cuello como aquel bastardo que mató a su prima pero en vez de eso, ella le curaba las heridas con sumo cuidado.

Breden sentía como le cosía con delicadeza, como sus suaves manos le acariciaban la espalda. Nunca había sentido las caricias de otra mujer que no fuese su madre, que hacía ya unos seis años que había muerto dejándolo solo por completo con su familia de la orden. La piel se le puso de gallina, era placer lo que sentía a cada roce de la piel de aquella chica, placer igual que sentía cada vez que se sentía en paz con su Dios. ¿Era cierto que muchos siervos podían amar a una mujer y a su Dios como era el caso de los Paladines o las Valquirias? El templario intentó evitar pensar en aquello, era la primera vez que sentía la piel de una mujer y tal vez eso le estuviera confundiendo. Cerró el ojo que aún podía abrir e intentó dejar la mente en blanco.

Vera terminó con su espalda y comenzó a quitarle algunas astillas de los dedos, donde antes había uñas, para después lavar la zona y vendarla para evitarle el dolor. Breden procuraba no quejarse mucho pero aquello era tremendamente doloroso. Vera procuraba hacerlo lo más llevadero posible regalándole sinceras sonrisas cuando éste fruncía el ceño de dolor. ¡Era bella! Eso no lo podía obviar el siervo de Huen, la belleza la sabía juzgar y aquella joven era la más preciosa que jamás había visto. La miró a los ojos mientras ella estaba distraída y aún pudo vislumbrar la inocencia que había sentido en su recuerdo. ¿Cómo puede alguien que ha sufrido tanto conservar esa pureza e inocencia? Breden no se dio cuenta pero aquella muchacha representaba la pureza que él tanto admiraba de los Dioses, de aquello se daría cuenta más tarde cuando ella se hubo marchado de la celda. Había encontrado otro Dios a quien venerar y a quien entregarle su vida, aunque en vez de Dios era Diosa y era una mortal.




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martes, 23 de abril de 2013

3 Fragmentos como regalo del día del libro.

Primer Fragmento- Los Diarios IV: Diario de un Espíritu.

Estaba cansado de vagar de un lado a otro cuando de repente ante él vio a dos de los enviados de Nuru. Por unos instantes se quedó paralizado pero rápidamente supo lo que tenía que hacer, luchar contra ambos era tarea imposible, solo podía echar a correr esperando ser más rápido que los Laphares. Y así lo hizo, corrió con todas sus fuerzas, las pocas que tenía llegado ese punto de su viaje hacia el plano anímico, y sin dudarlo no miró atrás. Pero uno no escapa de la Ira y de la Envidia tan fácilmente. Antes de que se diera cuenta allí estaba ella frente a él, La Envidia, una de las jinetes más crueles de Nuru. Era bella, de pelo y ojos negros como la noche. Su mirada se clavó en la del chico paralizándolo por completo. La Envidia golpeó con fuerza su bastón y se convirtió en una enorme serpiente verde. Se acercó más al muchacho mientras el reptil le amenazaba abriendo su boca y mostrándole sus afilados dientes. Los ojos de La Envidia se tornaron de un azul intenso y su pelo rubio platino iguales que los del chico.

-¿Me queda bien así?-preguntó con voz aguda  la emisaria de Nuru a su compañero La Ira. El líder de los jinetes hizo caso omiso a la pregunta de la chica y se acercó al alma paralizada del muchacho.

-¡Absórbelo! Tenemos que irnos.-

Dicho esto la serpiente se abalanzó sobre el chico y le mordió, poco a poco empezó a desvanecerse. Tras meses vagando como un alma en pena buscando un lugar donde esconderse de las dos facciones de jinetes de Kartia, La Evidia le había capturado.  En ese mismo instante supo que todo se había acabado, se convertiría en un alma más de Nuru y ya no volvería a ver Kartia nunca más. En sus últimos segundos antes de perder la consciencia pensó en una sola cosa, tenía que escapar del Abismo, como se conocía vulgarmente al séptimo infierno.

Fragmento Número 2- Miembros del Círculo-Laen, reencarnación e inmortalidad.

No quiero que le hablen, no quiero que le miren, no quiero que piensen ni un instante en él ni pronuncien su nombre. Arrancaría los ojos a toda persona que cruzara la mirada con la suya, derramaría cada gota de sangre de todo aquel que alguna vez le hirió, induciría a una muerte lenta y dolorosa a todas sus amantes y arrancaría el corazón a todas aquellas a las que de verdad amó.
 ¿Celos? Por supuesto que los siento, he soportado cada prueba que el destino y los dioses me han puesto para conseguir su amor, he esperado vida tras vida a que al menos por solo un instante nuestros ojos se miraran fijamente a la par que nuestros corazones se fundían para ser un único corazón , con un único ritmo, un primer latido de su amor hacia el mío y un segundo de mi amor hacia el suyo, y así hasta que su vida se escapaba nuevamente de mis manos, los dioses caprichosos me lo arrebatan una y otra vez y vuelvo a empezar de cero, tengo que volver a buscarlo, a esperar a que su corazón y su mente me recuerden y sobretodo volver a enamorarle como la primera vez.
¿Crees acaso que no debería tener celos? Celos del aire que respira y le cala más hondo que mis sentimientos o mis palabras, celos de sus pensamientos a los que el da vida con todo su esmero, celos incluso de sus víctimas que son lo último que ven antes del suspiro final. No puedo hacer nada más que sentirme dichosa por haberle encontrado aquella primera vez, por hacerle volver a la vida  y por hacer que no dejara de ser un Dios en este mundo, pero también debo sentirme desgraciada por tener que soportar todas sus muertes año tras año, por verle sufrir, por verle amar a otras y sobre todo por no pasar toda mi única vida completamente a su lado durante todas las horas que el día tiene.

Fragmento número 3-La Reina de los Piratas I-Legado.

Vivir en el orfanato no había sido la experiencia más bonita que ella había tenido. La pobreza que les asolaba día tras día la hacía no solo sentir en su cuerpo el dolor de no tener nada que llevarse a la boca si no también la angustia en su corazón al saber que los huérfanos no le importan a nadie.  Pero allí estaba él un hombre que decía ser amigo de su padre y que iba a llevársela para darle una mejor vida. ¿Qué iba a suponer hacerse pasar por un niño? Solo iba a ser un tiempo, hasta que llegaran a tierra y pudiese quedarse con su mujer. Se recogió el pelo como le pidió y se puso el gorro.

-¿No sería mejor cortarme el pelo?-preguntó la niña a su tutor.

-¿Te dejarías? Pensé que jamás dejarías que eso pasase. Es muy típico en las niñas.-

La pequeña asintió. Eran ciertas aquellas palabras, pocas niñas querrían ver su melena reducida a un corte típico de niño, pero ella era distinta. Había sufrido piojos, tenía el pelo graso y sucio y lleno de enredos que le causaban un gran dolor cada vez que intentaba deshacerlos, el corte de pelo seguramente sería lo mejor que podía ocurrirle a aquella maraña de pelo.

-Sí, creo que es lo mejor para dominar esta melena.- dijo la pequeña pasando un dedo por su pelo que rápidamente quedó atrapado entre un enredo. El tutor asintió y sonrió. Era lo mejor sin dudarlo, así que sacó una daga de su bota y  le quitó el gorro y cogió la melena de la muchacha para acto seguido cortarla.

-Ya te la arreglarás en el barco. Ahora ponte la boina y compórtate como un chico. Será divertido.-le entregó la boina y le guiñó un ojo a la pequeña en un gesto de complicidad, iba a ser el gran secreto que ambos iban a guardar durante toda la travesía y probablemente lo que les iba a unir durante el tiempo que durara.

 La chica sonrió, se puso nuevamente el gorro y le cogió la mano. Tenía tantas preguntas y sabía que él iba a respondérselas o al menos una gran parte de ellas, pero tenía que tener paciencia. Había esperado diez años sin saber si quiera quien eran sus padres, nadie le contaba nada. Lo poco que podía intuir  sobre ellos por las conversaciones que había escuchado a las sacerdotisas, es que ambos estaban muertos y en vida no tenían muchos amigos algo que muchas demostraban tratándola con tremendo desprecio como si ella tuviera culpa de haber nacido de aquella pareja. ¿Por qué tenían tantos enemigos? ¿Qué habrían hecho en vida para que tanta gente les odiara? ¿Sería aquel hombre un verdadero amigo de sus padres?  La verdad es que no le preocupaba, había sufrido mucho en el orfanato y solo quería salir de allí, si aquel hombre pensaba hacerle daño, ella no lo iba a permitir. Algo bueno que tiene haber crecido en el infierno es que lo quieras o no lo haces como un demonio.


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